martes, 31 de marzo de 2026

La Justicia exige al Ejecutivo el cumplimiento inmediato de la ley de financiamiento universitario





Hace unos días, un juez del fuero laboral hizo lugar a un pedido de la central obrera y suspendió 82 artículos de la reforma laboral. Hoy, la Cámara Contencioso Administrativo Federal ratificó una sentencia de primera instancia en lo que respecta al financiamiento universitario.

Ambas decisiones judiciales —permítanme decirlo— son hermosas. Tomémoslas como un impulso para mirar hacia arriba.

Lo que debe entenderse es que, cuando se insiste en la aplicación de reglas que desde un inicio no son aceptadas por nadie —porque en su formulación no se discutieron con nadie—, el resultado es este: el golpe institucional.

En el segundo caso, el de las universidades, ocurrió lo contrario. Hubo una ley sancionada, una observación del Poder Ejecutivo y una insistencia del Congreso. En paralelo, se dio una discusión amplia: en las universidades, entre autoridades, docentes y estudiantes; en las calles, con marchas multitudinarias; en los medios de comunicación y en múltiples espacios públicos y privados, donde se reafirmó el valor de la educación para la sociedad en su conjunto.

Sin embargo, todo ese proceso fue nuevamente desconocido por un grupo minúsculo, prepotente y antidemocrático. Y, otra vez, ocurre lo mismo: el golpe institucional.

Brevemente: ¿qué dijo la Cámara sobre la medida cautelar vinculada al financiamiento universitario?

La Cámara Contencioso Administrativo Federal ratificó la decisión del titular del Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Contencioso Administrativo Federal N.º 11, quien admitió la medida cautelar solicitada por el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) y declaró inaplicable —respecto de la ley 27.795 (Ley de Financiamiento Universitario, agosto de 2025)— lo dispuesto en el decreto 795/25, en cuanto suspendía su ejecución hasta tanto el Congreso determinara las fuentes de financiamiento e incluyera las partidas en el presupuesto.

Como consecuencia, se ordenó al Estado cumplir de forma inmediata con los artículos 5 y 6 de la ley, referidos a la recomposición salarial docente y no docente de las universidades públicas, así como a la actualización de los programas de becas estudiantiles.

La fundamentación —ratificada por la Cámara— es clara: quedó acreditada la inobservancia de un deber jurídico por parte del Poder Ejecutivo. La insistencia del Poder Legislativo, en los términos del artículo 83 de la Constitución Nacional, le impuso una obligación concreta de hacer que está siendo incumplida. Es decir, se esta desobedeciendo un mandato constitucional.

Asimismo, el argumento del Poder Ejecutivo, basado en el artículo 5 de la ley 24.629 (1996), no resulta atendible: se trata de una ley anterior —y, por tanto, desplazada por la ley posterior— y de jerarquía inferior frente a la Constitución.

El fallo también destaca la vulneración de derechos fundamentales: no solo en materia laboral, sino fundamentalmente en el derecho a enseñar y aprender, consagrado en el artículo 14 de la Constitución Nacional.

A esto se suma un dato relevante: el impacto fiscal de la medida fue estimado por la Oficina de Presupuesto del Congreso en apenas el 0,23 % del PBI. Se trata, por lo tanto, de un ahorro poco significativo en el marco del gasto público total.

Si el Poder Ejecutivo no cumple con el fallo judicial, ya no solo estará desconociendo al Poder Legislativo, sino también al Poder Judicial. En última instancia, estará desconociendo la Constitución, es decir, a la sociedad.

Si el Ejecutivo no acata, se abriría un escenario de mayor conflictividad institucional que será causa de una mayor conflictividad social.

martes, 24 de marzo de 2026

24 de Marzo 1976; 50 años

Se cumplen 50 años del golpe de estado de 1976. En la madrugada del 24 de marzo, por los altavoces de radio nacional, en cadena nacional, se escucho el comunicado N° 1 de la junta militar.

Se comunica a la población que a partir del día de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta Militar. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanan de la autoridad militar, de seguridad o policial; así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operación".

Firmaban Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti.

A partir de ese momento se inicio, lo que llamaron, el Proceso de Reorganización Nacional, una pretendida refundación de la Argentina que no fue más que un proceso de destrucción en los planos político, económico, social y cultural.

Videla, asume como presidente de facto –usurpador-, en el salón blanco de la casa de gobierno y no en el congreso nacional.




Los gobiernos autoritarios y antidemocráticos, detestan al poder legislativo. Como sostenía John Locke, en él, recae la esencia y la unión de la sociedad en una sola voluntad, es su espejo; además de limitar al poder ejecutivo, siempre más fuerte por tener la caja y las armas.

En aquel momento se cerró el Congreso. Más cerca en el tiempo, en 2023, el presidente actual asumió dándole la espalda. Vale la pena detenerse en ese gesto y preguntarnos qué entendimos como sociedad en estos cincuenta años y qué hicimos con todo aquello que nos pasó.

Nueve años después, en 1985, un fiscal de bigote y ojeras marcadas, al parecer bastante valiente, en su alegato final, además de citar a Dante y a su Divina Comedia, pronuncio una frase que quedaría grabada para siempre: Nunca Más.




Esa expresión ya había sido utilizada en el informe de la CONADEP, un documento de 50 mil paginas, que sirvió de base para la acusación fiscal. La comisión fue presidida por el escritor Ernesto Sábato, e integrada, entre otros, por Graciela Fernandez Meijide y Magdalena Ruiz Guiñazú.

La continuidad de ese proceso se dio años más tarde, con las políticas de memoria, verdad y justicia impulsadas a partir de 2003.

"Nunca Mas" condensa una idea, y esa idea funda un nuevo contrato social, un nuevo consenso. Nunca más censura, nunca más violencia estatal.

Argentina fue el único país que juzgó sus crímenes de lesa humanidad con sus propias instituciones, con su derecho, con sus jueces y bajo el debido proceso. En el "Juicio al mal absoluto", Carlos Nino, quien fuera uno de los arquitectos institucionales del juicio a las juntas, desarrolla la fundamentacion teórica utilizada para anular la ley de autoamnistía impulsada por el dictador Bignone, explicando la legitimación de normas en gobiernos que no son democráticos.

Fuimos un ejemplo en el mundo; no sólo revertimos la violencia con la acción punitiva, sino también con la deliberación pública, es decir, con la democracia en su mejor luz. Lo que Raúl Alfonsín sintetizaba en la frase, democracia no solo con la que se vota, sino también con la que se come, con la que se cura, con la que se educa.



Nino y Alfonsin

Aquella pregunta hecha más arriba ahora se nos cae encima como la realidad misma. Por primera vez, desde el Estado, se niega el terrorismo de Estado; pero no solo eso, en algunos casos se lo reivindica. Al mismo tiempo, se nos vacía de derechos económicos y sociales; se desfinancia la cultura, la educación, la ciencia, la salud; nos reducen la propiedad privada y nos debilitan, nos quieren raquíticos; no nos matan por acción pero si por omisión.

Tambien cabe preguntarse que hacemos ante esta realidad. Las madres de los desaparecidos, daban vuelta por la plaza de mayo, resistían, toda la vida resistiendo.

Los gobernantes actuales rompieron con el pacto del Nunca Mas, que a la vez se sustenta en la Constitución Nacional; por lo tanto, no son una autoridad legitima, o son una fuerza sin autoridad. Es asi que los derechos ya no se sujetan a algo externo, por que el fin del Estado como garante de aquellos deja de ser fin, y vuelven al individuo, y el primer derecho es la conservación de la vida y la oposición a su destrucción. 

Estos cincuenta años nos tienen que hacer despertar. Por suerte ya estamos despertando.

 

viernes, 6 de marzo de 2026

QUE EL MERCADO NO DECIDA POR NOSOTROS

El gobierno nacional tiene problemas con los mínimos: por encima de ellos está la política, pero por debajo está el derecho. El caso de los Glaciares.






Los problemas económicos fundamentales que toda sociedad debe responder son tres: qué producir, cómo producir y para quién producir. Si trasladamos estos interrogantes a la actividad minera —entendida como la producción orientada a la extracción de un mineral— los resultados, para las mayorías sociales, arrojan un saldo negativo.

Esto es así en un contexto donde la pérdida de puestos de trabajo, en la Argentina, viene siendo significativa. Durante la actual gestión de Javier Milei, se estima que se han perdido alrededor de 300 mil empleos registrados, y según un informe de la consultora Audemus, entre 2023 y 2025 la actividad manufacturera acumuló una caída promedio del 7,9 %, lo que posiciona al país entre los peores desempeños industriales del mundo. Mientras tanto, nuestro vecino Brasil, registró un crecimiento cercano al 3,5 % en el mismo período[1].

En este escenario de desindustrialización, la actividad minera no logra compensar la destrucción de empleo. Se trata de una actividad que, además de generar un volumen relativamente reducido de puestos de trabajo, es altamente tecnificada y suele incorporar mano de obra especializada proveniente del exterior. Para quienes son expulsados del aquel sistema productivo, lo que queda, es la inserción en formas de trabajo precarizadas, como las plataformas digitales, a la que llaman trabajo independiente.

En paralelo a esta profundización del proceso de primarización de la economía —con un tipo de cambio apreciado y una apertura comercial indiscriminada—, se están poniendo en juego territorios y comunidades enteras. No se trata solo de variables numéricas: en este vendaval se están arrasando derechos, es decir, porciones concretas de vida, como un proceso de mutilación humana. Allí están los discapacitados y los ancianos.

Desde esta perspectiva, incluso la corriente utilitarista —aquella que, ante un dilema moral, privilegia el mayor bienestar general— difícilmente podría justificar un modelo como este que combina desindustrialización, es decir desempleo; degradación ambiental, miseria y concentración de la riqueza.

Me interesa señalar aquí, volviendo al inicio del texto, la fuerte relación existente entre ambiente y democracia. Me refiero a la democracia entendida en su dimensión procedimental. Esto es, la atención en las formas mediante las cuales se toman decisiones, sobre contenidos de enorme relevancia, como lo son los recursos naturales, esenciales para la vida humana.

Los asuntos sobre bienes comunes no pueden decidirse de esta manera.

Las últimas leyes discutidas en el Congreso Nacional —incluida aquella que vacía de protección a los glaciares— se debatieron en un edificio vallado, con graves restricciones a la deliberación pública, en algunos casos rompiendo el contrato de mandato entre representantes y representados, y siempre con premura, de espaldas a la Constitución y a la jurisprudencia ambiental consolidada.

Voy al núcleo normativo del problema.

El artículo 41 de la Constitución Nacional exige a la Nación dictar normas de presupuestos mínimos de protección ambiental. Ese mandato se concretó, entre otras normas, en la Ley General del Ambiente (Ley 25.675, año 2002), cuyo artículo 1° establece justamente ese marco protector. En particular, la Ley de Glaciares (Ley 26.639, año 2010) dispone en su artículo 1° que los glaciares y el ambiente periglaciar son bienes de carácter público y los define como:

“Reservas estratégicas de recursos hídricos para el consumo humano; para la agricultura y como proveedores de agua para la recarga de cuencas hidrográficas; para la protección de la biodiversidad; como fuente de información científica y como atractivo turístico”.

Además, en el año  2020 el Estado argentino ratificó, mediante la Ley 27.566, el Acuerdo de Escazú —el primer tratado ambiental de América Latina y el Caribe— que impone obligaciones claras en materia de acceso a la información pública, participación ciudadana y justicia en asuntos ambientales. Esta norma no solo protege el ambiente como bien jurídico, sino que también establece un procedimiento para tomar decisiones sobre ese contenido.

El vaciamiento de los presupuestos mínimos implica dejar un papel en blanco en el escritorio de “quien sabe quién”, aunque algunos ahora lo llamen “provincia”. Si esta modificación prosperara, la protección de los glaciares y del ambiente periglaciar volvería a foja cero, en la medida en que se eliminaría el Inventario Nacional de Glaciares previsto en el artículo 3° de la norma vigente, instrumento técnico –dependiente del CONICET- indispensable para cualquier política seria de protección.

Vamos en contra a la arquitectura constitucional elegida por nuestros constituyentes del 1994. Precisamente para evitar la competencia a la baja en materia ambiental, el constituyente estableció presupuestos mínimos nacionales, como garantías de goce de libertades. Asimismo, entendió en este punto, que cuanto mayor es la cantidad de los sujetos involucrados en la decisión –provincia y nación-, mayor es su imparcialidad, reduciendo el riesgo de captura del Estado por parte de grupos de interés.-También aquellos constituyentes, agregaron el art. 75 inc 19 de la Constitución Nacional que habla de educación, de ciencia, de cultura y de justicia social-.

Por eso la relación entre democracia y ambiente, que no es otra que la relación entre democracia y derecho. Cuando se adoptan decisiones con potencial de no retorno —lo que fundamenta el principio precautorio del derecho ambiental— la forma en que se decide es tan importante como el contenido de lo decidido. Si se restringe la deliberación pública y se debilitan estándares constitucionales, el problema no es solo ambiental: es una decisión antidemocrática y, por su contenido, también inconstitucional.

Frente a esto, sostengo que el derecho debe dirigir la economía, del mismo modo en que la democracia debe secuestrar al capitalismo. Me refiero a un sistema mixto, donde el Estado intervenga activamente en diferentes áreas de la vida social. Hace tiempo superamos la visión de Adam Smith y su concepto de mano invisible, y comprendimos que los mercados presentan fallas estructurales: externalidades, asimetrías de información, competencia imperfecta. Allí donde el mercado falla, el Estado debe estar presente.

En este sentido, resulta interesante recuperar una entrevista disponible en la web de Thomas Piketty, economista Francés dedicado al estudio de la desigualdad, titulada “Estamos en una situación similar a la que llevó a la Revolución Francesa”. Allí sostiene, entre otras cosas, que una parte significativa de la riqueza debe estar socializada; que los movimientos históricos hacia la igualdad han sido largos y conflictivos; que países como Suecia —hoy asociados a altos niveles de bienestar— fueron profundamente desiguales hasta la consolidación de la socialdemocracia; y que los actuales niveles de concentración patrimonial no solo son injustos, sino también económicamente ineficientes.

Piketty dice, por ejemplo, que en España el 50 % de la población posee apenas el 5 % del patrimonio total, mientras que el 10 % concentra alrededor del 50 % de aquel total - y ni hablemos de América Latina-. Esa brecha no es derecho natural: es el resultado de decisiones políticas e institucionales. También advierte que la deuda pública funciona como el impuesto que las clases privilegiadas no pagan; y que con una pequeña fracción de los beneficios de las multinacionales y de los grandes patrimonios, redistribuida globalmente con criterios poblacionales, para inversión en educación y salud, superaría en 10 veces los montos de lo que se hace llamar: ayuda internacional. Nos recuerda que, en tiempos de la Revolución Francesa, la nobleza tampoco quería pagar impuestos.

El mensaje parece claro: los sistemas económicos no cambian por inercia, sino por decisión política.

Las condiciones materiales para una reforma hacia el camino de la igual libertad están dadas.

Solo resta, que colectivamente respondamos aquellas preguntas fundamentales —qué producir, cómo producir y para quién producir—, y avancemos en consecuencia.

Pero ahora, pensemos solo un momento en esto. No podemos destruir nuestros glaciares. No podemos comprometer nuestras reservas de agua.

Si esto ocurre, no solo perderemos ambiente: perderemos derechos, perderemos democracia.

 


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