A propósito de la intimación al Gobierno Nacional por parte del Juzgado Contencioso Administrativo Federal 11.
El tema del financiamiento universitario pasó por
todas las instancias institucionales formales. Recordemos que fue la
insistencia del Poder Legislativo a un veto del Poder Ejecutivo la que la
sancionó. También, hay que recordar que esta cautelar quedó firme por la Corte
Suprema de Justicia, en un proceso donde el Ejecutivo Nacional la suspendió de
hecho. Ahora, el mismo juez que dictó aquella, el año pasado, vuelve a decir:
Poder Ejecutivo Nacional, cumpla con la medida cautelar. Estaría de más decir
que la “cautela” se funda en la naturaleza alimentaria de los salarios y en el
derecho a enseñar y aprender –los ya famosos artículos 5 y 6 de la Ley 27.795–.
El Gobierno Nacional creyó que, con el cumplimiento del acuerdo firmado con el
CIN, en el mes de junio, ya no existía riesgo en la demora, pero se equivocó
porque el peligro sigue estando –un desfasaje en torno al 35%-. El tema fue
ampliamente discutido en las aulas y en las calles de la Nación con cuatro
marchas multitudinarias. Ahora, se agrega un contexto en donde se amenaza con
juicio político a toda jueza estigmatizada con el absurdo del garantismo.
Niegan al Poder Legislativo y al Poder Judicial. Entonces, el Poder Ciudadano
debe agarrarse del derecho para no ser negado también.Son varios los colectivos que se ven
afectados en esta reducción sistemática de derechos económicos. Hay que saber
que nuestro sistema constitucional garantiza la ruptura del contrato de
mandato, para confeccionar otro, cuando nos ponemos suficientemente de acuerdo.
En este caso, hay altos funcionarios públicos que deberían ser removidos de sus
cargos por incumplimiento de deberes. Ahora bien; la pregunta, ante la reciente
medida del juez, a hacer es: ¿a quién se le aplican los astreintes –sanciones
pecuniarias-? La respuesta: al Estado Nacional, lo que significa que este podrá
simplemente decir: “déficit fiscal”, y listo. La universidad pública transita
un laberinto kafkiano.
El gobierno nacional tiene problemas con los mínimos: por encima de ellos está la política, pero por debajo está el derecho. El caso de los Glaciares.
Los problemas económicos
fundamentales que toda sociedad debe responder son tres: qué producir, cómo
producir y para quién producir. Si trasladamos estos interrogantes a la
actividad minera —entendida como la producción orientada a la extracción de un
mineral— los resultados, para las mayorías sociales, arrojan un saldo negativo.
Esto es así en un contexto donde
la pérdida de puestos de trabajo, en la Argentina, viene siendo significativa.
Durante la actual gestión de Javier Milei, se estima que se han perdido
alrededor de 300 mil empleos registrados, y según un informe de la consultora
Audemus, entre 2023 y 2025 la actividad manufacturera acumuló una caída
promedio del 7,9 %, lo que posiciona al país entre los peores desempeños
industriales del mundo. Mientras tanto, nuestro vecino Brasil, registró un
crecimiento cercano al 3,5 % en el mismo período[1].
En este escenario de
desindustrialización, la actividad minera no logra compensar la destrucción de
empleo. Se trata de una actividad que, además de generar un volumen
relativamente reducido de puestos de trabajo, es altamente tecnificada y suele
incorporar mano de obra especializada proveniente del exterior. Para quienes
son expulsados del aquel sistema productivo, lo que queda, es la inserción en
formas de trabajo precarizadas, como las plataformas digitales, a la que llaman
trabajo independiente.
En paralelo a esta profundización
del proceso de primarización de la economía —con un tipo de cambio apreciado y
una apertura comercial indiscriminada—, se están poniendo en juego territorios
y comunidades enteras. No se trata solo de variables numéricas: en este
vendaval se están arrasando derechos, es decir, porciones concretas de vida,
como un proceso de mutilación humana. Allí están los discapacitados y los
ancianos.
Desde esta perspectiva, incluso
la corriente utilitarista —aquella que, ante un dilema moral, privilegia el
mayor bienestar general— difícilmente podría justificar un modelo como este que
combina desindustrialización, es decir desempleo; degradación ambiental,
miseria y concentración de la riqueza.
Me interesa señalar aquí,
volviendo al inicio del texto, la fuerte relación existente entre ambiente y
democracia. Me refiero a la democracia entendida en su dimensión
procedimental. Esto es, la atención en las formas mediante las cuales se toman
decisiones, sobre contenidos de enorme relevancia, como lo son los recursos
naturales, esenciales para la vida humana.
Los asuntos sobre bienes comunes
no pueden decidirse de esta manera.
Las últimas leyes discutidas en
el Congreso Nacional —incluida aquella que vacía de protección a los glaciares—
se debatieron en un edificio vallado, con graves restricciones a la
deliberación pública, en algunos casos rompiendo el contrato de mandato entre
representantes y representados, y siempre con premura, de espaldas a la
Constitución y a la jurisprudencia ambiental consolidada.
Voy al núcleo normativo del
problema.
El artículo 41 de la Constitución
Nacional exige a la Nación dictar normas de presupuestos mínimos de
protección ambiental. Ese mandato se concretó, entre otras normas, en la
Ley General del Ambiente (Ley 25.675, año 2002), cuyo artículo 1° establece
justamente ese marco protector. En particular, la Ley de Glaciares (Ley 26.639,
año 2010) dispone en su artículo 1° que los glaciares y el ambiente periglaciar
son bienes de carácter público y los define como:
“Reservas estratégicas de
recursos hídricos para el consumo humano; para la agricultura y como
proveedores de agua para la recarga de cuencas hidrográficas; para la
protección de la biodiversidad; como fuente de información científica y como
atractivo turístico”.
Además, en el año2020 el Estado argentino ratificó, mediante
la Ley 27.566, el Acuerdo de Escazú —el primer tratado ambiental de América
Latina y el Caribe— que impone obligaciones claras en materia de acceso a la
información pública, participación ciudadana y justicia en asuntos ambientales.
Esta norma no solo protege el ambiente como bien jurídico, sino que también
establece un procedimiento para tomar decisiones sobre ese contenido.
El vaciamiento de los
presupuestos mínimos implica dejar un papel en blanco en el escritorio de
“quien sabe quién”, aunque algunos ahora lo llamen “provincia”. Si esta
modificación prosperara, la protección de los glaciares y del ambiente
periglaciar volvería a foja cero, en la medida en que se eliminaría el
Inventario Nacional de Glaciares previsto en el artículo 3° de la norma
vigente, instrumento técnico –dependiente del CONICET- indispensable para
cualquier política seria de protección.
Vamos en contra a la arquitectura
constitucional elegida por nuestros constituyentes del 1994. Precisamente para
evitar la competencia a la baja en materia ambiental, el constituyente
estableció presupuestos mínimos nacionales, como garantías de goce de
libertades. Asimismo, entendió en este punto, que cuanto mayor es la cantidad
de los sujetos involucrados en la decisión –provincia y nación-, mayor es su
imparcialidad, reduciendo el riesgo de captura del Estado por parte de grupos
de interés.-También aquellos constituyentes, agregaron el art. 75 inc 19 de la Constitución
Nacional que habla de educación, de ciencia, de cultura y de justicia social-.
Por eso la relación entre democracia
y ambiente, que no es otra que la relación entre democracia y derecho. Cuando
se adoptan decisiones con potencial de no retorno —lo que fundamenta el
principio precautorio del derecho ambiental— la forma en que se decide es tan
importante como el contenido de lo decidido. Si se restringe la deliberación
pública y se debilitan estándares constitucionales, el problema no es solo
ambiental: es una decisión antidemocrática y, por su contenido, también
inconstitucional.
Frente a esto, sostengo que el
derecho debe dirigir la economía, del mismo modo en que la democracia debe
secuestrar al capitalismo. Me refiero a un sistema mixto, donde el Estado
intervenga activamente en diferentes áreas de la vida social. Hace tiempo
superamos la visión de Adam Smith y su concepto de mano invisible, y comprendimos
que los mercados presentan fallas estructurales: externalidades, asimetrías de
información, competencia imperfecta. Allí donde el mercado falla, el Estado
debe estar presente.
En este sentido, resulta
interesante recuperar una entrevista disponible en la web de Thomas Piketty,
economista Francés dedicado al estudio de la desigualdad, titulada “Estamos
en una situación similar a la que llevó a la Revolución Francesa”. Allí
sostiene, entre otras cosas, que una parte significativa de la riqueza debe estar
socializada; que los movimientos históricos hacia la igualdad han sido largos y
conflictivos; que países como Suecia —hoy asociados a altos niveles de
bienestar— fueron profundamente desiguales hasta la consolidación de la
socialdemocracia; y que los actuales niveles de concentración patrimonial no
solo son injustos, sino también económicamente ineficientes.
Piketty dice, por ejemplo, que en
España el 50 % de la población posee apenas el 5 % del patrimonio total,
mientras que el 10 % concentra alrededor del 50 % de aquel total - y ni
hablemos de América Latina-. Esa brecha no es derecho natural: es el resultado
de decisiones políticas e institucionales. También advierte que la deuda
pública funciona como el impuesto que las clases privilegiadas no pagan; y que con
una pequeña fracción de los beneficios de las multinacionales y de los grandes
patrimonios, redistribuida globalmente con criterios poblacionales, para
inversión en educación y salud, superaría en 10 veces los montos de lo que se
hace llamar: ayuda internacional. Nos recuerda que, en tiempos de la Revolución
Francesa, la nobleza tampoco quería pagar impuestos.
El mensaje parece claro: los
sistemas económicos no cambian por inercia, sino por decisión política.
Las condiciones materiales para
una reforma hacia el camino de la igual libertad están dadas.
Solo resta, que colectivamente
respondamos aquellas preguntas fundamentales —qué producir, cómo producir y
para quién producir—, y avancemos en consecuencia.
Pero ahora, pensemos solo un
momento en esto. No podemos destruir nuestros glaciares. No podemos comprometer
nuestras reservas de agua.
Si esto ocurre, no solo
perderemos ambiente: perderemos derechos, perderemos democracia.
El segundo encuentro de este ciclo lo tuvo al profesor
Ezequiel Barchuk exponiendo sobre la figura de Charles Baudelaire. La
conversación nos permitió pensar la modernidad y el sujeto inmerso —a la vez que
situado por encima— de esos acontecimientos. Se caracterizó la figura del
dandy; se desarrolló la idea de una secularización de la belleza; se habló de
historia y de revoluciones, y del cambio en las ciudades. Por supuesto, también
de su biografía. Se leyeron poemas de El spleen de París y Las flores
del mal, y se buscó una definición del simbolismo oponiendo al signo,
trayendo a colación las artes plásticas.
La presentación concluyó con la referencia al surrealismo,
dejando entrever que allí aparece una nueva etiqueta, un nuevo planteo que, en
parte, se sostiene sobre los mismos fundamentos. Todo esto había comenzado en
el primer encuentro, con la presentación de Fabián Paredes sobre Alejandra
Pizarnik. Su aproximación —atravesada por el psicoanálisis— puso el tema del
surrealismo sobre la mesa y nos permitió pensar su influencia en una época y en
un lugar determinado: París.
Ahora el ciclo se encamina hacia su cierre con el Mayo
Francés también surgido allí. El interrogante que nos guía es si aquel
movimiento artístico y literario influyó en ese movimiento social y político. Y
si no fue así, la excusa ya está servida. Hablaremos de un movimiento
revulsivo, fundado en la libertad individual y la autonomía como condición necesaria para
una acción colectiva y soñadora entre personas iguales. Muy pronto.
La primera imagen registra a Ezequiel Barchuk en el uso de
la palabra. En paralelo a la disertación se proyectaron pinturas de Odilon
Redon (1840–1916), artista simbolista influenciado por las lecturas de
Baudelaire.
La jornada fue linda. Hubo muchos encuentros. Faltabas vos.
En el parque María Morínigo de la ciudad de Posadas, el domingo 25 de Enero, se celebró el Día del Músico, fecha que coincide con el aniversario del nacimiento del Flaco Spinetta. El evento se desarrolló en el escenario del programa Cultura en Movimiento de la Secretaria de Estado de Cultura de la provincia de Misiones.
La actividad fue articulada por el Colectivo de Artistas Itinerantes y Trabajadores de la Cultura (CAITRAC) y la Federación Argentina de Músicos Independientes (FA-MI), contando con el apoyo estatal.
La convocatoria fue lo suficientemente pobre como para llamar la atención a gestores, artistas y público en general; también a ciudadanos.
Por suerte, la luna sí estaba. Y una pareja, alejada, en perpendicular al escenario, tomaban una gaseosa mientras se besaban. Algunos jóvenes bailaban. El resto se sentaba en el pasto que rodea el feo cemento y disminuye lentamente la temperatura en una noche calurosa, en una noche tropical.
La cobertura fotográfica del evento tiene como fin revalorizar, desde un registro sincero, la importancia de la cultura en general y, particularmente, en el espacio público, donde aparecen más razones para discutir colectivamente. Todo en el ámbito público tiene importancia y puntualidad.
Hay fotografías de bandas. músicos y publico; al pie están mencionados. Durante todo el recital, que inició cerca de las 20 y terminó alrededor de las 22, se expusieron frente al escenario las obras de Dan Schmidt, quien también estuvo pintando en vivo. Al final le hago una breve entrevista sobre cómo vio el evento.
Se espera que esto sea el inicio de algo, de algo que se acompañe con una feria llena de artesanos.
Gracias.
Desde el Alma con Hugo Carabio en la Batería
En esta foto se puede ver a Lucrecia y a Paulo, entre otros, durante el evento
Dan Schimdt pintando en vivo. Aparecen Valdermaarr y Martin Veron
La Runfla del Gato se presenta
Melquíades solo en el escenario
Entrevista a Dan por LT
— Dan, ¿qué te pareció haber participado en este evento que se desarrolló en la ciudad de Posadas por el Día del Músico?
— La idea, el hecho de hacer un evento, es bellísimo. Pero si hay que llevar a cabo una muestra de arte, me gustaría decir que la próxima muestra se pueda hacer en un lugar donde se puedan poner las obras. Desde el hecho de la fantasía, hacer un evento es muy concreto: hubo gente, hubo música. Yo sinceramente no me sentí cómodo porque se mezclaron cosas, hubo obras que hice que estuvieron en el piso.
— ¿Y qué te parece ocupar el espacio público con arte, el arte como transformación social, teniendo en cuenta que esto se hizo en el Espacio Morínigo?
— Para mí fue interesante que se haya hecho en un lugar que no se ocupe tan frecuentemente. Eso me parece importante. Que convoque a una parte popular de la sociedad. A la gente le gusta el arte, le gusta la música, le gusta la pintura, pero me parece muy fundamental que esté bien planteado y desarrollado.
— Bueno Dan, la última. Estamos ahora en Mystic, un bar de la ciudad. El evento terminó hace como tres horas. Estamos con Hugo, Alam, gente de La Runfla, Eric. ¿Cómo estás pasando el presente?
— La verdad que en este momento me siento bastante bien. Fue un día de un montón de cosas y, al menos yo, me siento finalizado. Eso es lo que me hace estar acá en este momento.
Cerramos. Es la una y media. Estamos en Mystic. Hay un cuadro de Dan sobre la mesa. Está sonando Callejeros. Ya estamos terminando la cerveza. Bueno, veremos.
Los juegos que durante décadas estuvieron en el Parque Paraguayo fueron trasladados a la Plaza Sarmiento a raíz de las obras de ampliación del Museo Aníbal Cambas. Una vez más, una modernidad decadente que no contempla el derecho a la memoria.
En la Plaza Sarmiento, ubicada en Villa Cabello, hablo con un hombre: vendedor de ropa, feriante del lugar. Me dice que los juegos funcionan de miércoles a domingo (yo estuve un martes). Que viene gente, pero poca. Que los chicos ya casi no los usan. Le digo que los juegos se están deteriorando, que están claramente en estado de abandono. Me responde que el señor que los tiene —al parecer un cordobés— quiere venderlos por millones de pesos. Las máquinas, dice, solo le generan costos.
Le digo entonces que el Estado debería estar presente. Me responde que el Estado los sacó del Parque Paraguayo y que ahora ya no interesa demasiado lo que pase con ellos. “Ni luces hay acá, en esta plaza”, me dice. Y agrega que, si el dueño de los juegos las pone, se las terminan robando.
Le digo que es una lástima, que tranquilamente se podría abrir una gran feria en torno al parque, una opción tradicional para las familias de Posadas, algo beneficioso para la zona y también para sus ventas. Me responde que sí, pero que acá hay mucha inseguridad. Me lo grafica con un gesto: “Podés estar con el teléfono así” —me muestra— “y viene un pibe y te lo roba”. La policía, dice, está ahí arriba nomás. Hay mucho consumo, mucha adicción. Ahora hay gente, pero cuando oscurece la plaza se vacía. “Venite más tarde y fijate”, me dice. Por eso a nadie le interesa demasiado este lugar.
Le vuelvo a decir que el Estado debería hacer algo. Que nosotros también deberíamos hacerlo. Que de seguro hay gente interesada.
La bandera de Misiones izada en la plaza Sarmiento no flamea.
¿Cómo no vamos a cuidar el lugar en el que estuvimos cuando éramos soñadores? Tan rotos estamos que nos sometemos al olvido. Vamos contra nuestra herencia, contra nuestros recuerdos, contra nuestra identidad, contra nuestro reconocimiento mismo, contra nuestra dignidad, nuestro derecho político.
Deberíamos alzar la voz al unísono. Hacer de la rebelión un acto patrimonial constitutivo. Vivimos en un estado de excepción donde el sistema de representación ya no existe. El sistema institucional parece estar divorciado de la ciudadanía. Los partidos políticos han muerto. El poder está concentrado y los controles sociales erosionados.
Las herramientas institucionales que la ciudad nos ofrece: audiencias públicas, iniciativas populares, presupuesto participativo, son poco utilizadas, pero pueden ser un camino. Pongamos una mesa en el medio de la plaza y empecemos a cambiar conversando. Eduquemos al soberano; algo básico.
El viejo mundo muere y el nuevo tarda en aparecer. Los monstruos están sueltos. Este es el momento. Nadie puede estar bien si quien está a su lado está mal: si tu amiga está mal, si tu novia está mal, si tu hermana está mal. De lo contrario, significa que te des responsabilizas. Y este no es un tiempo para irresponsables. No se puede vivir de balde.
Fuente: Pohl Schnake, V., Mantegna, S.,
& del Llano, T. (2019)
La relación entra
la sociedad y el ambiente parte de una idea sencilla; la conducta humana puede
modificar las condiciones de existencia de los seres vivos. Por lo tanto, el
derecho —definámoslo aquí simplemente
como conjunto de normas— puede (y debe)
regular esa conducta a los fines de que ella no afecte la vida de las personas.
En este sentido, el derecho ambiental es un derecho humano —si nos importa el árbol no es por el árbol en sí mismo,
sino porque su existencia beneficia la vida humana—. La Constitución Nacional
(1994) en su art. 41 recepta el derecho a un ambiente sano, contemplando el
principio del desarrollo sostenible. Esta es una ética que reposa sobre un postulado de equidad interjurisdiccional
e intergeneracional.
La normativa
ambiental cristaliza el modelo de como una sociedad define el acceso y uso de
sus recursos naturales. El nuevo código civil (2015) reconoce esa cláusula
constitucional en términos prácticos (política ambiental). En su afán por
emprender un camino tendiente a la des mercantilización de la naturaleza, da
una especial atención a lo público por sobre lo privado y a lo colectivo por
sobre lo individual. El código menciona los derechos de incidencia colectiva
(art. 14), aclarando que la ley de ninguna manera ampara el ejercicio abusivo
de los derechos individuales cuando estos puedan afectar el ambiente, además de
mencionar el funcionamiento de los ecosistemas, la flora y fauna, la
biodiversidad, el agua, los valores culturales y el paisaje (art. 240). Sin embargo, en medio de estos avances, el Código
introdujo un cambio que generó polémica: la reducción del llamado camino de
sirga.
¿De qué se trata? El camino de sirga se encuentra en el capítulo
correspondiente a los límites al dominio,
cuyo objetivo es permitir sirgar, esto es, remolcar o arrastrar una embarcación
desde la orilla. Se aplica a cursos de agua navegables y consiste en una franja de terreno que paso de 35 metros a
solo 15 desde la línea de ribera. Aunque es propiedad privada, el
propietario no puede realizar en él ningun acto (ejemplo construcciones) que
menoscabe la actividad del transporte fluvial. Parte de la doctrina, desde un
enfoque que observa el ordenamiento jurídico integral, ha dicho que esa
actividad no solo se debe reducir al transporte, sino también a la pesca y al
esparcimiento. Lo que hay que entender es que el rio es un bien de dominio público
(art. 235) y por ende se debe permitir el acceso a él. Para el derecho no es
aceptable el acceso a determinado espacio del rio, debe ser sobre su totalidad.
La reducción del
camino de sirga llego en un país donde las denuncias por su incumplimiento ya
era moneda corriente. Con la legislación actual, en parte se legitima esas
prácticas de obstrucción por parte de los propietarios. Para mencionar un caso
extremo: en 2006, Cristian González y dos
amigos fueron a pescar a la orilla del rio Quilquihue; desde las cabañas Andina
les dispararon tiros intimidatorios, y cuando Cristian pidió explicaciones, el
guardia privado Horacio Calderón le efectuó un disparo mortal en el cuello[1]. En la ciudad de Posadas, provincia de
Misiones, también abundan los ejemplos. En varias zonas, no solo no se ha
respetado el camino de sirga, sino que directamente se han privatizado bienes públicos.
Un caso emblemático es lo que sucede con el “montecito” de villa cabello; una
reserva urbana ambiental en beneficio de un club privado[2].
El impedimento ciudadano del
acceso a un bien público como el rio tiene una vinculación fuerte entre
democracia y derecho. La posibilidad de garantizar un ambiente sano y
equilibrado para el desarrollo humano, así como la preservación al patrimonio
natural y cultural, aumenta cuando la sociedad puede ejercer control sobre esos
espacios; y para ello, necesariamente debe poder habitarlos. A pesar de todo,
el código, deja una puerta abierta. El último párrafo del artículo atinente al
camino de sirga dice lo siguiente: (…) “Todo
perjudicado puede pedir que se remuevan los efectos de los actos violatorios de
este artículo” Lo que significa que cualquier afectado puede demandar judicialmente
al propietario por acción y al Estado por omisión. Bastaría hacerlo para ver
qué pasa.
Referencias:
Pohl Schnake, V., Mantegna,
S., & del Llano, T. (2019). Bienes comunes y conflictos socio-ambientales
en torno a la segmentación normativa del territorio a partir del Código Civil y
Comercial de la Nación vigente desde 2015. VII Congreso Nacional de
Geografía de Universidades Públicas y XXI Jornadas de Geografía de la UNLP,
La Plata, Argentina.
Mi primer articulo que se publica en un diario local. Estoy contento (aprendí a disfrutar). Se lo dedico a mi padre. Un tipo que me agarro y siempre me tiro para arriba.
Cuando el voto se debilita, el
Estado se demoniza y la desigualdad se consolida. Algo está dejando de latir.
El
contractualismo nos ayuda a responder dos preguntas básicas de toda teoría moral:
(1) ¿qué nos exige la moral? y (2) ¿por qué debemos obedecer ciertas reglas? La
primera se responde así: la moral nos exige cumplir aquello que nos
comprometimos a cumplir. Y la segunda, simplemente, indica que obedecemos
ciertas reglas porque nos comprometimos a ello.
Lo
interesante de este enfoque es que llevó a la Ilustración a ocupar ese gran
vacío dejado por la religión en su explicación sobre la cuestión moral. La
autoridad ya no se justifica mediante un mandato divino, sino mediante un
mandato social: un mandato de individuos. Es decir, a los dioses los
reemplazamos nosotros, con nuestra creación; una creación humana, y no no
humana. Esa creación es un contrato, y ese contrato es el Estado.
Para ser
más claro: el Estado nacional es un contrato que está delimitado en un
territorio determinado. Aunque un contrato es algo más elevado que el Estado, y
por lo tanto, lo fundamenta. Por encima del Estado está el contrato de un
sistema democrático constitucional, y por encima de éste, otro contrato: el de
los principios morales de la modernidad.
La vida
del Estado, o de ese contrato —como se lo quiera llamar—, puede variar
significativamente. El criterio fundamental de esa variación es el nivel de
racionalidad de cada uno de sus participantes; racionalidad que, a su vez, está
condicionada por el nivel de información relevante que posean esos integrantes.
Cuanto menor es el nivel de racionalidad, menor es también el nivel de
motivación.
Si el
número de integrantes de ese contrato se muestra cada vez menos motivado a
pertenecer a él, estamos ante una imperfección creciente del modelo de vida del
Estado actual.
A modo de
ejemplo, en lo que va del año, las últimas elecciones muestran cifras
elocuentes: en la ciudad de Buenos Aires, la participación fue del 53,3%; en la
provincia de Santa Fe, del 55%; en Chaco, del 52%; en Salta, del 59%; y en San
Luis, del 60%.
Misiones,
cuya novela eleccionaria estuvo atravesada por un intento de proscripción y una
denuncia de fraude por falta de boletas de un partido en la localidad de
Eldorado, no fue la excepción a esta tendencia nacional. Con apenas un 55,4 %
de participación electoral, ni siquiera logró superar los números registrados
en 2021 durante la pandemia, en una elección que también fue intermedia.
En este
sentido, el fenómeno que se nos presenta es preocupante, ya que estamos a pocos
votos de ni siquiera superar la mitad del padrón electoral; es decir, de no
poder legitimar ni siquiera una noción mínima de democracia, al no alcanzar la
mayoría de las voluntades. Una hipótesis a esgrimir es que, cuando la oferta
electoral no estimula, la abstención es la consecuencia.
Los
encargados de esa oferta —como un supermercado llenando la góndola con
productos— son los ya inexistentes partidos políticos. Instituciones —como tantas
otras— que actualmente financiamos solo para generar un desorden de ideas.
Pero, al parecer, el problema no es solo la calidad de los productos en la
góndola: el problema es la edificación misma del supermercado.
Estos
datos muestran que estamos dejando de lado el derecho político por antonomasia,
aquel que, además, fundamenta el derecho a la igualdad —una persona, un voto— y
por el cual tantos y tantas han luchado y se han sacrificado.
Esto abre
una pregunta fundamental: ¿los integrantes del contrato lo han abandonado
porque (1) están motivados únicamente por el auto-interés y no se orientan a
obtener reglas imparciales —entendiendo que cuanta mayor participación de los
afectados, mayor imparcialidad en la toma de decisiones— o porque (2) no creen
que ese mecanismo sea adecuado para alcanzar dichas reglas?
El
sufragio ha sido presentado como el máximo logro alcanzado, bajo la idea
reducida de que democracia equivale a votar. Cuando, en realidad, una
democracia con sustento constitucional es todo lo que sucede entre acto
y acto eleccionario.
Lo
ocurrido hace unas semanas en México —la supuesta democratización del Poder
Judicial a través de la elección directa de jueces— es un ejemplo claro. ¿Qué
clase de democratización puede haber si no existe ninguna capacidad de control
ciudadano sobre los jueces electos, ni existió previamente ningún filtro
ciudadano para determinar su candidatura? Además, se trató de una reforma
impulsada por un solo poder del Estado: un poder constituido que busca instigar
al poder constituyente.
En
cualquiera de los casos, se nos presenta un problema. Y eso debería
despertarnos una sensación de alerta, de necesidad de búsqueda de soluciones.
Apropiarnos de una ética kafkiana que nos exija actuar de tal manera que los
ángeles siempre estén despiertos.
Cuando se
trata de enfrentar un problema, lo primero que debemos hacer es identificarlo.
El historiador holandés Rutger Bregman, en su libro Utopía para realistas,
lo explica muy bien en un pasaje. Afirma que, si hay una institución capaz de
cambiar el curso de la historia, esa es la escuela. Sin embargo, lejos de
asumir ese rol transformador, los grandes debates sobre educación están
centrados en el formato. Se ha convertido en un medio de adaptación y
flexibilidad para la vida. El foco se pone en la didáctica, no en los ideales;
en la competencia, no en los valores.
Nos
capacitan para resolver problemas, pero no para pensar qué problemas vale la
pena resolver. Somos meros seguidores de tendencias, cuando en realidad
deberíamos ser quienes las crean. Porque es nuestra competencia —la de la
sociedad— determinar qué es lo que verdaderamente tiene valor.
Eric
Fromm, en su libro El miedo a la libertad, sostiene que el hombre
moderno, liberado de los lazos de la sociedad preindividualista, no ha
alcanzado la libertad en un sentido positivo, es decir, como desarrollo de su
potencial intelectual y emocional. Si bien esa libertad le ha brindado
racionalidad e independencia, también lo ha aislado, volviéndolo impotente y
ansioso. Ese aislamiento le resulta insoportable, y ante esa incomodidad puede
optar entre luchar por realizar su libertad positiva o renunciar a la
responsabilidad que conlleva. Y cuando renuncia, lo hace siempre en favor de la
sumisión, de la dependencia, del totalitarismo.
Hace unos
días, el presidente Javier Milei afirmó abiertamente su crueldad hacia los
gastadores, los empleados públicos y los estatistas, y acusó a la oposición de
ser “parásitos mentales”. A esto se suman sus constantes embestidas contra los
medios de comunicación y las universidades públicas, instituciones
fundamentales de toda democracia liberal.
Un informe
del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG) reveló que en
Argentina el 10% de la población concentra el 59% de la riqueza del país, mientras
que, como contracara, el 50% de los argentinos posee apenas el 4%. Asimismo, el
informe señala que Argentina encabeza el ranking de países más endeudados con
el Fondo Monetario Internacional (FMI), con una deuda que asciende a 63.986
millones de dólares. Le sigue Ucrania, con un compromiso de 15.000 millones;
una cifra cuatro veces menor.
En nuestro
país, existe una élite que ha capturado el Estado mientras habla mal de él. Es
un nivel de irracionalidad alarmante, una irracionalidad que contribuye directamente
a la falta de motivación para participar políticamente.
Cuantos
más sean los ciudadanos sin derechos, mayor será el nivel de abstención en los
actos eleccionarios. Y esto es grave, precisamente porque el problema es
complejo, lo que —por lógica— nos indica que la solución también lo será. Una complejidad que se refiere a la
necesidad de considerar múltiples factores, imposibilitando su comprensión en
términos de simplificación o reducción.
Lo
interesante, sin embargo, es que para alcanzar esa solución se requiere una
mayor participación de los integrantes del contrato social.
Estamos
presenciando un cuerpo social que está a punto de morir, pero que todavía no ha
muerto. Y, por lo tanto, nada nuevo nace.
Del
ajuste al endeudamiento: la continuidad de un modelo que posterga la soberanía.
¿De qué sirvió la motosierra, ajustarnos,
el recorte del gasto público? ¿Dónde están las inversiones, o el camino hacia
ellas, el trabajo? La inflación del mes de marzo ha aumentado, aunque creíamos
que, con la amputación vivida, ya no volvería. En esa relación, los sueldos y
las jubilaciones descendieron; pero, a pesar de todo, la nación Argentina en el
mes de abril vuelve a pedir prestado al Fondo Monetario Internacional. Estas,
son algunas de las declaraciones que circulan dentro del arco opositor.
Cuando hablan los técnicos, la
probabilidad de confusión es grande. Gino Germani expone la paradoja de la
democracia: la situación de ignorancia en la que se encuentra el ciudadano
común respecto a la solución de los problemas de la política económica y
financiera lo coloca en una condición de ceguera. Si la revolución democrática
consistía en quitarle la venda al pueblo para que llegara a la luz, lo cierto
es que la mayoría sigue con la venda puesta. Así, la acción de gobierno queda
confiada a quienes “saben”, a los técnicos, a los expertos, sin posibilidad de
control alguno.
Ante esto, me interesa escribir sobre la
deuda de la forma más clara posible, dirigida a lo que el sociólogo Alfred
Schutz llamaría el ciudadano bien informado: un tipo ideal que se encuentra
entre el experto y el hombre común. Para ello, me apoyaré principalmente en un
artículo de Rodolfo Terragno, titulado “Deuda.
El que toma prestado es siervo del que presta”, incluido en su libro Memorias
del presente (1985). En ese texto se desprende una idea simple, si una
nación necesita pedir prestado, hay una alta presunción de que algo no anda
bien.
El autor inicia su análisis citando un proverbio bíblico: "El rico señorea
sobre el pobre, y el que toma prestado es siervo del que presta". En un
contexto de extrema desigualdad mundial, se vuelve sencillo determinar quién
presta y quién pide.
Terragno continúa señalando que el sistema económico internacional ha entendido
muy bien el mensaje de Dios: el prestamista domina al prestatario, inyectando
dinero en los "pueblos elegidos" y sembrando necesidad en los
"pueblos condenados".
Celso Furtado, economista brasileño citado
por Terragno, sostiene que en el mundo existen dos tipos de naciones: las
centrales (elegidas) y las periféricas (malditas). En su opinión, el
endeudamiento de los países periféricos fue el instrumento que permitió la
"transnacionalización de la economía", un objetivo estratégico de las
grandes corporaciones. Esta estrategia buscaba homogeneizar los mercados
nacionales, generando deseos de consumo similares entre poblaciones distintas,
para luego dominarlas a través de productos idénticos. Es un resumen de la globalización.
Permítanme el siguiente agregado. Beatriz
Sarlo, en Escenas de la vida posmoderna (1994), señala que en oposición
al paisaje tradicional del centro de la ciudad con todas sus extremidades, el
“shopping” se presenta como una cápsula espacial diseñada por la estética del
mercado. Según Sarlo, todos los shoppings son, en algún punto, idénticos: las
mercancías refuerzan la uniformidad de un espacio sin cualidad. Así, si uno
descendiera de Júpiter, solo el papel moneda y la lengua de vendedores,
compradores y mirones permitirían identificar en qué país se encuentra.
Dado que las naciones periféricas contaban
con estructuras productivas débiles y rezagadas, y con mercados internos de
escasa capacidad para asimilar esos hábitos de consumo propios de los países
desarrollados, la única forma de hacer viable la expansión fue, por un lado,
inyectar dinero en sus economías, y por otro, promover la concentración de la
renta en un sector reducido de la población. De este modo, se creó un
microclima económico donde sí era posible reproducir patrones de consumo
ilimitado, necesarios para la rápida expansión de las corporaciones.
Este modelo de (mal) desarrollo, injertado
en las economías de los países periféricos, provoco nuevos desequilibrios. En
la misma línea, Prebisch, en el primer informe de la CEPAL sobre “Los
principales problemas de América Latina”, deja sentado su teoría en la que
sugiere que el comercio internacional se organiza en torno a un intercambio que
es desigual entre una periferia – países que se especializan
en la extracción- y un centro – países que exportan bienes
manufacturados-. En el tiempo, dice Prebisch, los precios de la materia prima
disminuyen en relación a los precios de los bienes manufacturados; ello lleva a
la necesidad por parte de los países periféricos a exportar más para mantener
la misma cantidad de bienes importados, o a pedir prestado, muchas veces – a
los fines de adquirir tecnología y maquinaria- para exportar más. Falta de
industrialización, por una dedicación a la extracción, a su vez, por una
necesidad en la recaudación. De cualquier forma, las elecciones son
problemáticas.
Actualmente, el crédito es la preferencia
ante cualquier alternativa que desarticule el orden económico internacional, y
los acreedores, a pesar de sus lamentaciones, quieren seguir prestando. Lo que
en verdad desean es seguir dominando.
Si bien el análisis hecho puede parecer
generalizador, Furtado no niega la complejidad del asunto de la deuda
latinoamericana. No obstante, destaca que el proceso de “internacionalización”
y “endeudamiento” ha ocurrido tanto en economías en crecimiento como en otras
que no, tanto en países importadores de petróleo (Brasil) como exportadores
(Venezuela). Lo que si se repite es la existencia, en cada país deudor, de una
“casta” asociada al acreedor.
“Los Argentinos ya nos dimos cuenta que es
imposible hacer una Argentina distinta con los mismos de siempre”; era una frase
de campaña del año 2023. Sin embargo, detrás de esa frase venia el actual
Ministro de Economía, que hoy nos insta a creer que, a pesar de repetir las
mismas recetas, esta vez todo será distinto.Como dijo Einstein: “Tonto es aquel que haciendo siempre lo mismo,
espera resultados diferentes”.
La casta a la que se refiere Terragno no
solo intercambia favores y comisiones. También pertenece a una poderosa herejía
que afirma que el rico debe señorear sobre el pobre, y unas naciones dominar a
otras. Para eso, necesitan unidad entre los dominadores y división entre los
dominados. Nunca dejo de recordar una frase de Zygmunt Bauman, en su libro La
cultura en el mundo de la modernidad líquida (2013): "Cuando los pobres se pelean con los
pobres, los ricos tienen todas las razones para frotarse las manos con
alegría".
Los prestamistas actúan como si sus
créditos fueran una bendición, y se indignan ante la “ingratitud” de los
deudores. Pero el problema ya no es solo económico. Es político. Se trata de
soberanía, uno de los conceptos fundantes de cualquier manual de ciencia
política. Los gobiernos endeudados aplican políticas recesivas dictadas desde
el extranjero, que afectan directamente la calidad de vida de su población.
Ese, nos dicen, es el precio del “rescate”.
Hace unos días, la titular del Fondo
Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, sugirió que los argentinos
deberían votar por el oficialismo en las próximas elecciones legislativas. El
nivel de ceguera democrática en el que estamos sumidos nos lleva a aceptar que
alguien que nada sabe de nuestra nación, escudado en su saber técnico y con
evidentes intereses geopolíticos, nos diga qué rumbo tomar.
Permítanme cerrar con un fragmento de la
novela Ensayo sobre la lucidez, de José Saramago. En una conversación
entre el Ministro del Interior y el Alcalde, tras unas elecciones en la ciudad en
las que triunfa el voto en blanco, el Ministro pregunta: ¿Qué piensa entonces que deberíamos hacer?Nada.Por favor, querido Alcalde, no se le puede pedir a un gobierno que no
haga nada en una situación como esta.Permitame que le diga que en una situación como esta, un gobierno no
gobierna, solo parece gobernar.
Para tener deseos de acercarse, primero hay que
alejarse.
No se puede hacer eso en una sociedad en la que nadie
se desconecta.
En
el canal de televisión Ciudad Magazine, Javier Milei, actual presidente
argentino, intentó demostrar que es más alto que su eventual novia: Yuyito
González. De pie junto a ella, afirmó: “Para que vea la diferencia, señora, le
llevo más de cinco centímetros”. Entre los comentarios del video en redes,
destaco uno de “soledad1891”, que escribe: “¡Único! 🥰 Un capo, habla como cualquier
argentino, re sencillo”.
Este
episodio invita a reflexionar a través de lecturas como las del sociólogo
italiano Giuliano Da Empoli, cuyas ideas parecen cobrar vida en nuestra realidad
social y política. Hace unas semanas leí su ensayo publicado en Nueva
Sociedad, titulado “Waldo a la
conquista del planeta. Rabia, política y algoritmo”, un extracto de su
libro: Los ingenieros del caos.
El texto
comienza con una descripción breve del personaje animado llamado Waldo,
protagonista de uno de los capítulos (temporada 2; cap. 3) de la serie
británica denominada Black Mirror
(espejo negro en español). Este
oso azul computarizado se gana al público gracias a su humor ácido y chistes de
mal gusto. La popularidad del personaje lleva a una pregunta clave: ¿y si es
tan querido, por qué no postularse a elecciones?Da Empoli sugiere que esta ficción
explica los fenómenos políticos actuales con mayor claridad que muchos ensayos
de sociología. Aunque recomiendo ver el episodio, resumiré su desenlace:
En
una megalópolis futurista, un grupo de fuerzas de seguridad golpea a vagabundos
que duermen bajo un puente. Entre ellos está Jaime -un treintañero frustrado-,
creador de Waldo y figura central del relato. Poco después, Jaime se detiene
frente a una pantalla gigante que muestra imágenes de Waldo dominando el
planeta: gigantografías, aviones militares con su nombre, escolares con uniformes
del color de Waldo. Un nuevo eslogan de poder había tomado el mundo. Lo que
comenzó como una sátira antisistema se ha transformado en el nuevo sistema. La
distopía se ha hecho carne; la furia, el resentimiento y la paranoia son ahora
la norma.
Da
Empoli cita a Peter
Sloterdijk y su libro Ira y tiempo (2006), donde se analiza la
historia política de la ira. Sloterdijk sostiene que a lo largo de las
sociedades, un sentimiento irreprimible ha recorrido a quienes, que con razón o
no, se sienten perjudicados o abandonados. Durante siglos, la religión canalizó
esta rabia acumulada, seguida, hacia finales del siglo XIX, por los partidos
políticos, especialmente los de izquierda. Su función consistía en acumular las
energías de indignación, que en vez de liberarse al “instante”, podían
destinarse a construir un proyecto más ambicioso y sustentable. Así, las
emociones no derivarían en episodios “individuales”, sino que se pondrían al
servicio de un plan general, en donde el perdedor se convierte en activista y
su ira encuentra una salida política.
Sin
embargo, Sloterdijk observa que ni la iglesia católica, que fracasó con su idea
del juicio final por una sociedad con individuos que poco le interesa
trascender y se limitan únicamente a vivir el “aquí y ahora”, ni los partidos
políticos en general, que en su momento han sabido ser correas transmisoras de
demandas ciudadanas, pero hoy parecen centrados en agendas propias como si
fueran islas soberanas, logran contener la cólera acumulada por la población.
La
consecuencia es, una ira que se expresa de manera cada vez más desorganizada,
desde los inicios del siglo XXI. Pero hoy, después de casi veinte años de
aquella publicación del filósofo alemán, el autor del Mago del Kremlin, nos
hace notar, con evidencia empírica, que esa indignación se organizó detrás de figuras populistas que ocupan la escena
política de sus países, cada vez, cada día, en mayor medida. Los ejemplos
abundan; EE. UU con Trump, Marilen De Pen en Francia, Víctor Orban en Hungría;
los casos repetidos en América Latina.
Fernando
Savater, en su libro Política de urgencia,
explica sencillamente, que el populismo es la democracia de los ignorantes;
pero también de los decepcionados. Es el sueño de un sistema instantáneo en el
que la voluntad generosa del pueblo se realiza por un líder cuasi mesiánico sin
interferencia alguna. El punto es, aclara el autor, que justamente esa
interferencia, que no es más que procedimiento -derecho y garantía-, es lo que constituye
al sistema democrático.
El
ensayo del italiano destaca un punto en común entre los movimientos populistas
extremos, pese a sus muchas diferencias: su bandera principal es castigar a las
élites políticas tradicionales, sean de izquierda o de derecha. Estas son
acusadas, con argumentos que parecen válidos, de traicionar el mandato popular
y favorecer los intereses de una minoría enquistada en el Estado. Sin embargo,
lo más revelador del análisis es su advertencia de que figuras como Waldo,
Trump o Bolsonaro no habrían surgido sin una condición material que permitiera
a los nuevos populistas construir y sostener sus reivindicaciones.
Un
pequeño dispositivo que llevamos en el bolsillo nos ofrece acceso instantáneo a
todas las respuestas del mundo, impactándonos de manera inevitable y profunda.
La inmediatez con la que satisface cada uno de nuestros deseos ha cultivado en
nosotros una impaciencia legítima, en donde ya nadie está dispuesto a esperar.
Como dice Sabina, "La
sala de espera es sin esperanza"; y Luca Prodan lo resumió con su
famosa frase: "No sé
lo que quiero, pero lo quiero ya". Este fenómeno se conecta con el
análisis de Jonathan Haidt en La
generación ansiosa, en donde expone en su introducción, el riesgo de las
redes sociales para los niños/as y adolescentes por una lentitud en la
maduración de una parte del cerebro que se encarga de decir no a la
tentación.
Entonces,
si la sociedad se comporta de tal forma, ¿porque la política debería ser
distinta?, si en todo caso, en un sistema representativo, los que mandan son
nuestros mandados, aquellos a quienes nosotros los hemos mandado a mandar.
La
rabia, tiene su raíz en la impotencia y en la ansiedad desmesurada por obtener la
aprobación de los demás, motivada por el temor a llevar una vida considerada
inadecuada. Según los psicólogos, este estado de ánimo se representa con la
figura del adolescente. Sin embargo, el problema actual radica en que las redes
sociales nos convierten a todos en adolescentes perpetuos, atrapados en una
habitación virtual que intensifica nuestra frustración. Observamos la
mediocridad de nuestras vidas frente a las posibilidades aparentemente al
alcance de la mano, pero reducidas a un aparato de color.
Giuliano
Da Empoli, afirma que, en estos tiempos, la moneda corriente es la formulación y
recepción de teorías conspirativas, ya que ofrecen, al fin y al cabo, una
respuesta al indignado permitiendo justificar su ira. Un solo ejemplo de esto
en nuestro país, es la idea recurrente del lawfere.
Una idea tan absurda que llevaría a creer que una cierta elite –política,
judicial, empresarial- se puso de acuerdo para acallar a los máximos líderes
populares de nuestra región; que “claro”, paradójicamente no forman parte de
esa elite.Aunque las redes sociales no
conspiran por sí mismas, sí son el mejor soporte para que aquello funcione, al
fomentar emociones intensas, causantes de más clics y de usuarios pegados a la
pantalla, como yonquis pegados a la heroína.
Un
informe del Instituto Tecnológico de Massachusetts revela que una noticia falsa
tiene un 70% más de probabilidades de ser compartida en internet que una
verdadera, debido a su capacidad de captar la atención con mensajes peculiares.
Esto refleja una inseguridad individual que busca reconocimiento social y una
ira que se libera en la esfera virtual, pero con consecuencia en la vida real. Un
ejemplo de ello es el movimiento de los chalecos amarillos en Francia, que
adoptó su identidad tras el impacto de un vídeo publicado en Facebook por un
joven mecánico con ese atuendo. En cuestión de días, el video acumuló más de
cinco millones de visualizaciones.
El
ensayo concluye que Waldo es una traducción política de las redes sociales: una
máquina alimentada por la rabia, cuya única misión es responder a las emociones
de sus simpatizantes. No propone ideas nuevas ni soluciones, solo repite lo que
la gente piensa en el lenguaje que esta misma utiliza. Si las élites consideran
esto ofensivo, mejor aún, porque refuerza su desconexión con el pueblo, que
Waldo encarna perfectamente. En una sociedad donde la vulgaridad y los insultos
personales ya no son tabú, Waldo resulta una consecuencia lógica. La premisa
socrática de que todos revelan inteligencia cuando se les trata como tal parece
haberse derrumbado, dejando espacio para la imbecilidad humana.
¿Cambio?
El
español Antonio
Sola, conocido como "el creador de presidentes", plantea una idea
esperanzadora: una tercera vía que escapa de los extremos polarizantes tan
habituales en el panorama político. Sola, describe al nuevo líder como una
figura con valores asociados a lo femenino, aunque no necesariamente sea una
mujer. Esta figura se destacaría por su capacidad de mostrar afecto y empatía,
cualidades que, tras la pandemia, cobraron especial relevancia. La crisis
sanitaria evidencia la importancia de las tareas de cuidado, un rol tradicionalmente
asumidas por mujeres, quienes
representan el 70% del personal sanitario a nivel mundial. Así se consolida
un paradigma de los cuidados, que abarca respeto, amabilidad, tolerancia,
colaboración y una conexión profunda con los cuerpos humanos y territoriales,
estableciendo una analogía entre la tierra y la mujer.
Sola
advierte que el marketing político, cuando impulsa imágenes de líderes vacíos
de estos valores, termina por crear "monstruos".
Esta corriente guarda cierta semejanza con las ideas de Stéphane Hessel y Edgar
Morin en su libro: El camino de la esperanza, donde reivindican la
solidaridad y el rescate de saberes y destrezas tradicionales. Este
planteamiento también parece dialogar con las culturas originarias, cuya visión
no civilizatoria (en términos de los neoamericanos) resalta formas de vida más
armónicas.
Ante todo
aquello deberíamos reflexionar sobre nuestra relación con la propiedad privada.
Si bien podríamos discutir sobre los medios de producción, la propiedad de uso personal debe
respetarse como parte esencial de la autodeterminación de la vida moderna.
Modernidad que no nos permitiría echarnos hacia atrás, aunque si lo hiciere,
ese retorno a la tradición también sería moderno por una voluntad que es libre
y racional.
Pero
toda esto está por verse. Mientras tanto, el presidente de la nación argentina se
mide la estura en un programa de televisión con la supuesta primera dama para
hablar de esto y no de que es un gobierno, a estas alturas, antidemocrático e
inconstitucional (art. 18, 37, 41, 43, 75 inc. 17, inc. 19, inc. 22, inc. 23,
99 inc. 2 y 3)
En
estos tiempos, la rotura de lo real es más real que lo real.