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sábado, 3 de mayo de 2025

Deuda, dominación y ceguera democrática

Del ajuste al endeudamiento: la continuidad de un modelo que posterga la soberanía. 





¿De qué sirvió la motosierra, ajustarnos, el recorte del gasto público? ¿Dónde están las inversiones, o el camino hacia ellas, el trabajo? La inflación del mes de marzo ha aumentado, aunque creíamos que, con la amputación vivida, ya no volvería. En esa relación, los sueldos y las jubilaciones descendieron; pero, a pesar de todo, la nación Argentina en el mes de abril vuelve a pedir prestado al Fondo Monetario Internacional. Estas, son algunas de las declaraciones que circulan dentro del arco opositor.

Cuando hablan los técnicos, la probabilidad de confusión es grande. Gino Germani expone la paradoja de la democracia: la situación de ignorancia en la que se encuentra el ciudadano común respecto a la solución de los problemas de la política económica y financiera lo coloca en una condición de ceguera. Si la revolución democrática consistía en quitarle la venda al pueblo para que llegara a la luz, lo cierto es que la mayoría sigue con la venda puesta. Así, la acción de gobierno queda confiada a quienes “saben”, a los técnicos, a los expertos, sin posibilidad de control alguno. 

Ante esto, me interesa escribir sobre la deuda de la forma más clara posible, dirigida a lo que el sociólogo Alfred Schutz llamaría el ciudadano bien informado: un tipo ideal que se encuentra entre el experto y el hombre común. Para ello, me apoyaré principalmente en un artículo de Rodolfo Terragno, titulado “Deuda. El que toma prestado es siervo del que presta”, incluido en su libro Memorias del presente (1985). En ese texto se desprende una idea simple, si una nación necesita pedir prestado, hay una alta presunción de que algo no anda bien.

El autor inicia su análisis citando un proverbio bíblico: "El rico señorea sobre el pobre, y el que toma prestado es siervo del que presta". En un contexto de extrema desigualdad mundial, se vuelve sencillo determinar quién presta y quién pide.

Terragno continúa señalando que el sistema económico internacional ha entendido muy bien el mensaje de Dios: el prestamista domina al prestatario, inyectando dinero en los "pueblos elegidos" y sembrando necesidad en los "pueblos condenados".

Celso Furtado, economista brasileño citado por Terragno, sostiene que en el mundo existen dos tipos de naciones: las centrales (elegidas) y las periféricas (malditas). En su opinión, el endeudamiento de los países periféricos fue el instrumento que permitió la "transnacionalización de la economía", un objetivo estratégico de las grandes corporaciones. Esta estrategia buscaba homogeneizar los mercados nacionales, generando deseos de consumo similares entre poblaciones distintas, para luego dominarlas a través de productos idénticos. Es un resumen de la globalización. 

Permítanme el siguiente agregado. Beatriz Sarlo, en Escenas de la vida posmoderna (1994), señala que en oposición al paisaje tradicional del centro de la ciudad con todas sus extremidades, el “shopping” se presenta como una cápsula espacial diseñada por la estética del mercado. Según Sarlo, todos los shoppings son, en algún punto, idénticos: las mercancías refuerzan la uniformidad de un espacio sin cualidad. Así, si uno descendiera de Júpiter, solo el papel moneda y la lengua de vendedores, compradores y mirones permitirían identificar en qué país se encuentra.

Dado que las naciones periféricas contaban con estructuras productivas débiles y rezagadas, y con mercados internos de escasa capacidad para asimilar esos hábitos de consumo propios de los países desarrollados, la única forma de hacer viable la expansión fue, por un lado, inyectar dinero en sus economías, y por otro, promover la concentración de la renta en un sector reducido de la población. De este modo, se creó un microclima económico donde sí era posible reproducir patrones de consumo ilimitado, necesarios para la rápida expansión de las corporaciones.

Este modelo de (mal) desarrollo, injertado en las economías de los países periféricos, provoco nuevos desequilibrios. En la misma línea, Prebisch, en el primer informe de la CEPAL sobre “Los principales problemas de América Latina”, deja sentado su teoría en la que sugiere que el comercio internacional se organiza en torno a un intercambio que es desigual entre una periferia – países que se especializan en la extracción- y un centro – países que exportan bienes manufacturados-. En el tiempo, dice Prebisch, los precios de la materia prima disminuyen en relación a los precios de los bienes manufacturados; ello lleva a la necesidad por parte de los países periféricos a exportar más para mantener la misma cantidad de bienes importados, o a pedir prestado, muchas veces – a los fines de adquirir tecnología y maquinaria- para exportar más. Falta de industrialización, por una dedicación a la extracción, a su vez, por una necesidad en la recaudación. De cualquier forma, las elecciones son problemáticas.

Actualmente, el crédito es la preferencia ante cualquier alternativa que desarticule el orden económico internacional, y los acreedores, a pesar de sus lamentaciones, quieren seguir prestando. Lo que en verdad desean es seguir dominando.

Si bien el análisis hecho puede parecer generalizador, Furtado no niega la complejidad del asunto de la deuda latinoamericana. No obstante, destaca que el proceso de “internacionalización” y “endeudamiento” ha ocurrido tanto en economías en crecimiento como en otras que no, tanto en países importadores de petróleo (Brasil) como exportadores (Venezuela). Lo que si se repite es la existencia, en cada país deudor, de una “casta” asociada al acreedor. 

“Los Argentinos ya nos dimos cuenta que es imposible hacer una Argentina distinta con los mismos de siempre”; era una frase de campaña del año 2023. Sin embargo, detrás de esa frase venia el actual Ministro de Economía, que hoy nos insta a creer que, a pesar de repetir las mismas recetas, esta vez todo será distinto.  Como dijo Einstein: “Tonto es aquel que haciendo siempre lo mismo, espera resultados diferentes”. 

La casta a la que se refiere Terragno no solo intercambia favores y comisiones. También pertenece a una poderosa herejía que afirma que el rico debe señorear sobre el pobre, y unas naciones dominar a otras. Para eso, necesitan unidad entre los dominadores y división entre los dominados. Nunca dejo de recordar una frase de Zygmunt Bauman, en su libro La cultura en el mundo de la modernidad líquida (2013): "Cuando los pobres se pelean con los pobres, los ricos tienen todas las razones para frotarse las manos con alegría".

Los prestamistas actúan como si sus créditos fueran una bendición, y se indignan ante la “ingratitud” de los deudores. Pero el problema ya no es solo económico. Es político. Se trata de soberanía, uno de los conceptos fundantes de cualquier manual de ciencia política. Los gobiernos endeudados aplican políticas recesivas dictadas desde el extranjero, que afectan directamente la calidad de vida de su población. Ese, nos dicen, es el precio del “rescate”.

Hace unos días, la titular del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, sugirió que los argentinos deberían votar por el oficialismo en las próximas elecciones legislativas. El nivel de ceguera democrática en el que estamos sumidos nos lleva a aceptar que alguien que nada sabe de nuestra nación, escudado en su saber técnico y con evidentes intereses geopolíticos, nos diga qué rumbo tomar.

Permítanme cerrar con un fragmento de la novela Ensayo sobre la lucidez, de José Saramago. En una conversación entre el Ministro del Interior y el Alcalde, tras unas elecciones en la ciudad en las que triunfa el voto en blanco, el Ministro pregunta: ¿Qué piensa entonces que deberíamos hacer?  Nada.  Por favor, querido Alcalde, no se le puede pedir a un gobierno que no haga nada en una situación como esta.  Permitame que le diga que en una situación como esta, un gobierno no gobierna, solo parece gobernar.


Link del diario: aquí

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 26 de abril de 2024

Una bocanada de aire fresco ciudadano.

Alegato en defensa de la universidad publica.





Quiero escribir algo con respecto a la marcha sucedida en todo el país el día 24/4 con motivo de la defensa de la universidad pública Argentina. Lo primero será un poco el justificativo personal del porque me vi interesado, emocionado, y con la necesidad de participar de tal encuentro ciudadano. Lo segundo será una especie de festejo por lo que en el titulo llame, una bocanada de aire fresco ciudadano.  

Suelo ser reacio a marchas, por lo que veo que demasiado a menudo terminan partidizándose, haciendo del interés que es común a la mayoría de los manifestantes, a los interéses de unos pocos. Entonces, la protesta se vuelve, otra vez, una paradoja como la democracia misma, quiero decir, el poder del pueblo que no es del pueblo pero que tampoco es de la mayoría por que paso a ser de una minoría. Al igual que cuando tengo que justificar mi voto en blanco para no verme involucrado en la acción de tal o cual político que al terminar una elección ganada se cuelga la medalla diciendo: vieron, me votaron, que poder tengo ahora, aquí me pasa algo parecido. No quiero que me arrastren los intereses de unos pocos, que engañan, disfrazando sus intereses con los interéses de muchos.

Pues así es que evito involucrarme en movilizaciones de algún tipo, a pesar de propiciar en los diferentes ámbitos que opero, la necesidad de ocupar el espacio público, la necesidad de un sentido crítico de las cosas, la expresión en libertad plena y responsable, y todo aquello bajado desde una línea liberal verdadera, es decir “igual libertad”.

La única movilización que me llama y que desde hace unos años siempre pongo el cuerpo de una u otra forma, es el recuerdo del “Nunca más”, celebrado cada 26 de marzo de todos los años.  Ese día, aunque no marcho, suelo ir a un evento cultural donde se proyecte una película, haya una obra de teatro conmemorativa o una galería de fotografías alegórica; lo que sea que me pueda conectar con aquello. El nunca más es un día de recuerdo y de renovación colectiva, o al menos eso debería ser, de nuestra elección hacia un sistema que es democrático y constitucional. Dijimos nunca más al autoritarismo y decidimos como sociedad conversar igualitariamente sobre nuestro destino público. Lamentablemente, tengo la enorme sensación que esa bandera fue profanada por un grupo sectario que nuevamente corrió detrás de sus intereses, confundiendo gobiernos democráticos con dictaduras, división con unidad nacional, confundiendo décadas, queriéndonos llevar a lo peor de nuestra nación cuando el recuerdo es sobre lo mejor.

Mi conclusión: mantenerme distante. Sin embargo, hoy me dije a mi mismo que era necesario participar, no solo como graduado y docente de una universidad pública, sino también y, sobre todo, como ciudadano comprometido con una causa que resulto ser lo que pensaba que era.

La marcha en defensa de la universidad pública fue mucho más que la defensa a un presupuesto a asignar. No se trataba solo de recursos físicos, se trataba de una idea que la sociedad en su mayoría estableció como un valor; la educación pública, gratuita, inclusiva y de calidad. Se tocó una fibra social que al final de cuentas demostró trascender diferentes clases sociales, edades y posiciones políticas. Desde la imagen del taxista alentado desde su ventana, hasta personas mayores, cuya única relación es la de haber sido graduados, o ser padres de graduados o de estudiantes actuales. Supimos que aprox. el 80 % de los/as estudiantes universitarios, son de universidades públicas. Pero aun sin ese dato, es muy fácil darse cuenta el roce que tiene la universidad pública para con nuestra vida cotidiana. Todos, sino pasamos personalmente, conocemos a alguien que haya pasado, aunque sea un corto tiempo por esa institución. Nos dimos cuenta como argentinos que la universidad pública es parte de nuestra esencia, nuestra identidad. Hicimos de ella un consenso colectivo que cuando la pusieron en duda desde el gobierno, respondimos ratificándola con fuertes golpes de soberanía popular.


Poco a poco, según se fue desarrollando el día, nos fuimos dando cuenta que inclusive aquellas personas que hoy están en lugares de decisión, hablo de altos cargos públicos y privados, comunicadores, grandes académicos, profesionales de excelencia, habían sido graduados de esa misma universidad pública -tenemos 5 premios nobeles- hoy criticada. Lo cual de repente, metafóricamente, ya no solo el taxista alentaba por su ventana sino también el periodista del canal más visto.

Decidimos seguir sosteniendo la educación pública porque somos herederos de los reformistas del 1918; somos hijos de aquellos que dijeron “Nunca más”, a través de un juicio legal y legítimo. Hasta ahí llego nuestra unidad, nuestro acuerdo. No fue suficiente la argumentación del adoctrinamiento, del gasto innecesario, del derroche malversado. 

Por supuesto, siempre están los que buscan sacar provechos, son los berretas de siempre, lo que ya dan asco, son esa piedra en el zapato, son esos intereses minoritarios. Aun así, debemos aprender a convivir con ello porque ya se volvieron parte inevitable del juego.

Es innegable que debemos mejorar la educación, asegurar la calidad académica proveniente de la calidad docente y administrativa, claro que sí. Por supuesto que hay que reforzar las auditorias llevadas a cabo por la AGN y la SIGEN, bajo el principio de transparencia y respetando el principio de autonomía universitaria.

Y también, por supuesto, desde ya, que hay instituciones educativas que tienden desde sus directivos y altos mandos a adoctrinar y no estimular el sentido crítico que enriquece. Prácticas como las realizadas por la facultad de periodismo de La Plata son unos ejemplos de la propaganda que enceguece; pero es la excepción a la regla y debe tratarse como tal. Son los marginales que no entendieron ni las reformas del 1918 ni el “Nunca más”. Son los marginales de los que hable más arriba, los que confunden dictadura con un gobierno elegido, los que confunden liberalismo político con liberalismo económico.

El día de la marcha la sociedad se dio una bocanada de aire fresco ciudadano y seguramente muchos y muchas como yo, que hemos resistido a participar de estas manifestaciones por lo ya dicho, salimos a la calle, a ese espacio público que nos pertenece, con un libro en la mano y algunos inclusos con la Constitución, ese gran compromiso escrito bajo el idioma de la igualdad. Salimos a proclamar que las universidades publicas ya son parte nuestra, con recuerdos y vivencias grabadas en nuestra piel, o en nuestro corazón.




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