La necesidad de tener una postura política de izquierda -desde la tierra colorada-.
En Misiones están pasando muchas cosas.
Al inicio del mes de agosto se conocieron las renuncias en
papel blanco por parte de legisladores provinciales, al tiempo de asumir sus
cargos. Esta práctica nos transmite una perplejidad asombrosa. En una sociedad
donde la democracia como sistema representativo agoniza, el acontecimiento certifica
su defunción. El asunto es tan grave, tanto por quien les hacía firmar, como
por aquellos que las firmaron. Hay que decirlo; en el medio pueden aparecer una
serie de delitos: (1) contra la libertad, (2) la administración y (3) la fe
pública. Asimismo, cae de maduro la pregunta: ¿qué se está esperando para hacer
denuncias formales por parte de sujetos que tienen la obligación de hacerlo por
el rol que ocupan? Silencio.
El jurista alemán, Carl Schmitt, entendía lo político como un ámbito autónomo,
separado -ej.- de lo moral o lo estético. Así, si la moral se ocupa de la
distinción de lo bueno y lo malo, y la estética de lo bello y feo; la política
haría la distinción de amigo y enemigo. Entonces, la versión –de algunos medios
de comunicación- de que es el mismo defenestrado quien busca su propia
defenestración para aglutinar —sobre todo— a los intendentes bajo la figura del
nuevo conductor, con esa fuerza que nace de un enemigo en común, no suena del
todo exagerada. En política, la construcción de un adversario común también
puede convertirse en una forma de reorganizar el poder
La Libertad Avanza venía sumando fuerzas a nivel provincial,
impulsada por las últimas elecciones de medio término, donde su performance fue
superior a la de la Renovación por más del 5%. La renovación gobierna la
provincia hace más de 20 años, aplicando lo que algunos politólogos denominan
el efecto de cancha inclinada. Quizás el tiempo llevo a la necesidad de mostrar
una nueva ola, y el año pasado, apoyo las candidaturas de las figuras más
jóvenes del partido. Eso no funciono y pasó de la Neo Renovación a Encuentro
Misionero a principios de este año, un eslogan que terminó por disolverse en un
acorde y un vaso de vino. Ahora, el nuevo espacio político se denomina
«Movimiento por lo que Viene», y queda buscar adonde están las diferencias.
Son tiempos donde la gente que nunca hablo ahora habla, y los
que siempre hablaron ahora son escuchados.
Mientras tanto, la Nación argentina, vive tiempos delirantes.
El 6 de agosto en el senado se discutió una ley que afectaría un elemento
condicionante de la existencia del Estado; el territorio. En concreto, la provincia
de Misiones por su realidad acuciante: pequeños productores y su zona de
frontera, se vería fuertemente afectada. El tema nos permitió darnos cuenta de
que Misiones es la segunda provincia más extranjerizada del país, con
municipios —sobre todo del norte— que superan ampliamente el límite del 15% establecido
en la normativa actual.
Finalmente, la ley que hubiese permitido la compra de
tierras sin límites por parte de extranjeros no salió. Sin embargo, eso no
significa que no hayan pasado cosas. En los últimos días, en la localidad de
Garuhapé, la comunidad Puente Quemado II fue desalojada y desplazada de su
territorio en un preocupante desmanejo de derechos. Ahora, en San Pedro,
familias enteras denuncian que la multinacional Arauco destruye sus casas y quema sus animales
para apropiarse de la tierra. A ello se suma que, esta última semana, el Poder
Judicial misionero agregó un nuevo capítulo a su injusticia epistémica al
condenar a Mariela Ramírez en un proceso atravesado por la noción de la “buena
madre”. En este artículo, Caíco aporta algunos datos sobre el funcionamiento,
los tiempos y la calidad de las respuestas de la justicia provincial (vale la pena): https://caicoperiodismo.ar/remo-04-pocos-fallos-muchas-fallas/
Son muchas cosas atravesadas por un hilo conductor: como y quien toma decisiones sobre las razones públicas, y que decisión se toman.
Ante una avanzada, es
necesaria otra avanzada.
Como se viene demostrando, la democracia representativa se
encuentra agotada. Su lugar debe ser ocupado por una democracia participativa y
deliberativa, que permita el encuentro de todas las voces afectada, con la
suficiente información, para llegar a acuerdos más imparciales y legítimos.
Hoy vemos que la derecha nos ha mostrado su plan más
perverso —lo tenemos sobre la mesa—: mercantilizar todo lo que está a su paso,
cosificarlo. Es la Nada en la película La historia sin fin. Nosotros
deberíamos ser Bastián.
En este contexto, la izquierda —en toda su amplitud— tiene
una oportunidad única. Al referirme a ella, no hablo de un partido político en
particular, sino de una posición política. Es cierto que esto puede ser
mayormente capitalizado por los partidos de izquierda, pero prefiero pensar en
posiciones que pueden encontrarse dispersas en diferentes —aunque no en todas—
agrupaciones sociales. La palabra izquierda, incluso en términos semánticos,
gana peso: en la medida en que derecha se vuelve sinónimo de muerte, izquierda
lo hace de vida.
Por eso, me gustaría dedicar unas pocas líneas a pensar qué
es aquello que llamamos izquierda, buscando una mejor comprensión que nos
permita inclinarnos hacia esa postura. Para ello, voy a tomar brevemente
algunas ideas desarrolladas por el jurista Roberto Gargarella en su reciente
ensayo Izquierda y política, que puede consultarse aquí: https://ar.bajalibros.com/reader/izquierda-y-politica.
El autor afirma que, frente a los desacuerdos acerca de qué
significa ser de izquierda, existe una idea de izquierda capaz de generar
ciertos consensos básicos. Esta se asienta sobre una premisa de emancipación
—o, dicho de otro modo, de no dominación— y, en consecuencia, ha defendido
históricamente los ideales de los derechos y la democracia; es decir, la
autonomía personal y el autogobierno colectivo. Ello supone, por un lado, que
cada persona debe poder desarrollar su vida del modo más libre y pleno posible,
sin interferencias arbitrarias de terceros o de instituciones; y, por otro, que
cada comunidad debe poder organizarse de la manera más autónoma posible, sin
quedar sometida a voluntades o poderes externos.
Resulta necesario, entonces, ante el panorama actual, donde
los poderes concentrados han capturado buena parte de las decisiones estatales,
democratizar la toma de decisiones mediante la participación y la deliberación,
garantizar una distribución más justa de la riqueza y respetar los distintos
estilos de vida. En definitiva, se trata de ampliar derechos —fortaleciendo la
autonomía personal— y profundizar la democracia —fortaleciendo el autogobierno
colectivo—.
Ser de
izquierda es asumir una posición que exige más derechos y más democracia.
Es simple.