A veces pensamos que somos los únicos que prestamos atención a algo; luego, nos damos cuenta que somos varios los que prestamos atención, incluso, pensando, que somos los únicos que prestamos atención.
El festival Oberá en Cortos es ese lugar para darse
cuenta que somos muchos los que concebimos a la cultura, y particularmente el cine,
como motor de transformación social. Una herramienta, que nos permite disputar
narrativas oficiales y construir una voz sostenida en las realidades de la
sociedad en la que está inmerso. Una voz que desde distintos lugares de
Latinoamérica, sigue diciendo que eso cuesta, y que nos duele.
La edición 23 del festival de Obera en Cortos,
desarrollado desde el 6 al 10 de octubre en la ciudad de Oberá, Misiones,
teniendo como sede principal el Espacio INCAA “Cine Teatro Obera”, se llevó a
cabo en un contexto regional marcado por una alarmante reducción de derechos culturales.
Así, podemos ver países como Argentina o Ecuador que han fusionado la cartera
cultural a otras áreas, perdiéndose así su relevancia, o en Bolivia, donde simplemente,
el Ministerio de Cultura se ha eliminado de un plumazo. Frente a este escenario
el festival respondió desde el lugar que mejor conoce; los derechos.
En esta
edición, el festival se proyectó en 22 pantallas de distintas salas de
Argentina, Brasil y Paraguay, ampliando la circulación, y por ende, el acceso
de las obras. Se rindió homenaje al cine cubano con la presencia de la actriz
Mirtha Ibarra; y en ese marco, se firmó un convenio entre la Facultad de Arte y
Diseño de la Universidad Nacional de Misiones y la Casa Titón y Mirtha, en La
Habana. Con ello se creo la Cátedra Abierta Tomás Gutiérrez Alea, con el
propósito de promover el cine latinoamericano en nuestro territorio e identificarnos
como comunidad.
Por su
parte, desde el espacio “Entre Fronteras” se avanzó en la construcción de una
red regional, con una hoja de ruta compartida, cuyos ejes son la producción de
cine regional, la circulación de las obras y la formación de públicos. Un
manifiesto en defensa de la libertad de expresión con la mejor luz de la
democracia; y todo ello, con la mirada puesta en la defensa de la soberanía
política y cultural.
Cine Teatro Oberá. Sobre la calle San Martin. Fuente:
Lino Lopez Torres
El Cine
Teatro Oberá, que comenzó a funcionar en 1988 y se incorporó a la red de
Espacios INCAA en 2009, cuenta con más de 180 butacas. Tanto el primer día como
el último, cuando estuvimos presentes, la sala estuvo completamente llena. La
concurrencia fue tal que debió habilitarse el Cine Casino de Oberá, que también
formó parte del circuito del festival.
En los
pasillos laterales había gente sentada sobre las alfombras, mientras otras
permanecían de pie en la parte trasera de la sala. La puerta se abría
constantemente, lo que podía distraer la atención de quienes miraban la
pantalla. Sin embargo, el clima era alegre y amable, parecido a un grupo de
compañeros y compañeras de curso que se reencuentra en un viaje de egresados.
Llegar
a Oberá
El sábado
llegamos cerca de las dos de la tarde. Viajamos por la ruta provincial 3,
pasamos por Cerro Corá y llegamos a Cerro Azul, donde almorzamos en una
estación de servicio. Las ondulaciones del terreno ampliaban la observación del
paisaje. El tiempo era inestable. Había una llovizna intermitente que se
alternaba con un sol que parecía dudar si mostrarse o no.
En esta
época de primavera, por la zona llueve bastante. «Vamos a empezar a criar
sapos», dice el gringo que atiende la estación.
Retomamos
el viaje por la ruta nacional 14 y, después de pasar por Leandro N. Alem, en treinta
minutos llegamos a Oberá. Fuimos directamente al hotel. En el hall nos
encontramos con uno de los organizadores del festival, que nos contó cómo había
transcurrido la semana y nos adelantó la programación del día. Después nos
dieron la habitación, y casi sin pausa, comenzó nuestra maratón.
Una
ciudad nublada
Espacio Cultural Loma Porá.
Fuente: Lino Lopez Torres
A las cuatro
de la tarde, en Loma Porá, una de las sedes satélite del festival, se
desarrollaba la charla La Misiones inventada. La actividad buscaba
interpelar los relatos oficiales sobre la identidad misionera. Allí tomaron la
palabra integrantes de la comunidad afro, quienes señalaron que el hecho de no
contar nuestra historia también es una forma de racismo.
Dos horas
después, en el Cine Teatro Oberá, se proyectó Lu y Pau, del director
Nicanor Loreti. Se trata de una producción de Buenos Aires filmada en Misiones
que, en cumplimiento de una normativa local, cuenta con una mayoría de
integrantes de la provincia en su equipo técnico. Al finalizar la película hubo
una charla abierta con una de sus protagonistas.
Mientras
tanto, afuera, la cuadra de la calle San Martín comenzaba a llenarse de gente,
al mismo tiempo que la noche iba cubriendo la ciudad.
Pasadas
las ocho de la noche, durante la ceremonia de cierre, la emotividad alcanzó su
punto más alto. Hubo agradecimientos, relatos de participantes, aplausos,
alaridos, risas y llantos. Se contó lo que se había hecho y también lo que se
seguirá haciendo. El cierre, de esta forma, pasa a ser un compromiso con lo
que viene
Se
proyectaron los cortometrajes realizados en el marco del maratón estudiantil
Montaraz y de los talleres barriales. Cerca de las once de la noche, como
cierre de la programación, llegó el turno del documental Bajo las banderas,
el sol, del director paraguayo Juanjo Pereira, que tuvo su estreno en
Misiones. La película, que había recibido buenas críticas y participado en
festivales como el BAFICI y el Festival Internacional de Cine de Berlín, sumó
un nuevo capítulo a su recorrido.
Desde la
medianoche, en la Murga del Monte, había música en vivo. Nada mejor que
terminar con música y baile. Hacia allí fuimos
Hacia la murga del monte
Para
entonces, la temperatura había bajado bastante y tuvimos que sumar prendas a
nuestro cuerpo. Caminamos unas diez cuadras hasta el lugar. En el camino nos
cruzamos con dos bares: en uno sonaba David Bowie; en el otro, una banda tocaba
en vivo, de espaldas a la calle. Las subidas y bajadas del camino cambiaban el
ritmo del galope. Estábamos tranquilos, hacíamos lo propio en una ciudad
comprimida que, llegada la noche, parecía expandirse sobre sí misma.
Finalmente,
llegamos.
La Murga del Monte es un grupo de teatro comunitario con más de veinte años de trayectoria. Desde 2008 cuenta con un espacio propio, instalado en un antiguo depósito de té de la zona. Allí nos sentamos y conversamos de teatro. Saludamos a amigos y amigas que hacía mucho no veíamos. Nos encontramos con personas con las que solemos compartir otros espacios, seguidamente, pero que en ese contexto, adquirían una presencia diferente.
Una de las cosas que hace especial a un festival es la
posibilidad de encontrarnos para vernos de una manera distinta.
Después
nos fuimos. Ya de madrugada, desde la habitación del hotel, escuchamos la
lluvia acariciando los campos.
Un
lugar adonde volver
La ACA por la Av. Sarmiento de
la ciudad de Obera. Fuente: Lino Lopez Torres
En cinco
días, Oberá albergó mucho más que una programación de audiovisuales. La segunda
ciudad más grande de Misiones, cuyo nombre remite a un cacique llamado Oberá,
es conocida como la Ciudad de los Inmigrantes y también como la Capital del
Monte. La Facultad de Arte y Diseño de la UNaM ha contribuido a consolidar una
tradición cultural que encuentra en el festival una de sus expresiones más
importantes.
Nos
alojamos en el hotel Anahí, a una cuadra y media de la catedral, a cinco del
Cine Teatro y a tres de la Confitería Alemana. Desde allí, la ciudad se volvía
transitable a pie, y las distancias entre los distintos lugares formaban parte
de la experiencia. Al caminar por sus cuadras, uno podía encontrarse con
vidrieras vestidas de colores o, de pronto, con algún conocido que cruzaba la
mirada de cuadra a cuadra.
Al final
nos damos cuenta, que somos muchos los que prestamos atención a algo.
Quizás por
eso a Oberá en Cortos siempre se vuelve. Y de Oberá, nunca se va.

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